SALUDA DEL CONSILIARIO

Un beso
que pasó a la historia
La Semana Santa nos invita a contemplar los momentos más trascendentales de la Pasión de Cristo, instándonos a reflexionar sobre sus gestos, sus palabras y los símbolos que encierran una profunda enseñanza espiritual. El tercer «paso» de la Cofradía de la Oración en el huerto nos muestra a Judas Iscariote que entrega a su Maestro con un beso. Un gesto que, en su esencia, debería ser manifestación de amor y comunión, se convirtió en la señal de una traición: «El que yo bese, ese es; prendedle» (Mt 26, 48). En este acto se encierra la gran paradoja de nuestra relación con Dios y con los demás: la posibilidad de que nuestros signos de amor y devoción se vacíen de autenticidad y se conviertan en meras apariencias.
El beso de Judas no es solo una escena del pasado; es una realidad que se repite en la historia de la humanidad y en nuestra propia vida. Jesús, con su amor infinito, recibió ese beso sin resistencia, con la misma mansedumbre con la que soportó los azotes y la cruz. No apartó a Judas, no lo rechazó, sino que incluso en ese momento de traición le llamó «amigo» (Mt 26, 50). En este detalle se esconde el misterio de la misericordia divina: el Señor sigue llamándonos amigos aun cuando le fallamos, aun cuando nuestros actos lo traicionan.
Este pasaje evangélico nos interpela y nos invita a una decisión fundamental: ¿qué tipo de besos queremos dar? En nuestra vida diaria, en nuestras relaciones familiares, en nuestras comunidades y en la sociedad, estamos llamados a ofrecer besos de verdad, gestos de amor sincero que reflejen nuestra fe, un beso de reconciliación y perdón entre hermanos que han tenido diferencias, un beso de ternura hacia los que sufren y necesitan consuelo, un beso de respeto y gratitud hacia quienes nos acompañan en el camino de la vida.
El beso de Judas nos recuerda también la fragilidad humana y la importancia de la vigilancia espiritual. La traición de Judas no ocurrió de un momento a otro; fue el resultado de un proceso en el que la ambición, el descontento y la desconfianza fueron ganando terreno en su corazón. De igual manera, si no cuidamos nuestro interior con la oración, la Eucaristía y la cercanía a la Palabra de Dios, podemos terminar alejándonos del verdadero amor e incluso de la Fe, por mucho que hagamos cosas que tengan que ver con ella.
La Semana Santa nos brinda la oportunidad de renovar nuestro compromiso de dar solo besos de verdad. No besos de traición, no besos por interés, no besos vacíos, sino besos que transmitan el amor de Cristo, besos que sean puente de unidad y signo de fraternidad. Que cada gesto nuestro refleje el amor con el que hemos sido amados, la fidelidad con la que hemos sido redimidos y la esperanza de la Resurrección que nos llena de vida.
Pidamos al Señor la gracia de vivir con coherencia, de ser testigos de un amor auténtico y de no repetir, con nuestros actos, el beso de Judas. Que en esta Semana Santa, cada uno de nosotros decida qué tipo de besos quiere dar y se esfuerce porque, en sus labios y en su corazón, solo habite la verdad del Evangelio.
Agradecido, recibid un cordial saludo.
Fernando Carrasco Fernández Párroco y consiliario de la Cofradía